Rodrigo Alvarez

Reseña del autor: “Desde chico agobiaba a mi vieja con un sinfín de porqués. Ahora, ya grandulón, lamentablemente me agobio a mí mismo. Durante mi formación universitaria, me pregunté hasta el hartazgo por qué periodismo. Tiempo antes de graduarme fue el condimento psicoanalista de la literatura quien me dio la respuesta. Por aquellos tiempos, también me preguntaba por qué escribía y cuanto más escribo más comprendo que tal vez tantos porqués pueden ser respondidos con pocas respuestas y que todas emergen desde la niñez. Todavía no estoy seguro de porqué escribo, pero sí puedo confiarles que la respuesta está en la literatura”.


 

Muescas enlazadas

 

“Me siento muy tranquilo, casi demasiado calmado, me siento capaz de pintar todo esto.”
Vincent Willem van Gogh

Casi ni lo recordaba, pero la ansiedad con la que convivió durante esos días le devolvió el entusiasmo por volver a intentarlo. Una tarde, mientras se quitaba el uniforme de trabajo, alzó la vista y vio la solapa de paspartú que sobresalía a lo alto del guardarropa. Sintió la misma intriga que cuando rompió el papel de regalo donde vino envuelto y vio la pintura impresa en la tapa de la caja. Se vistió de entrecasa y bajó el cartón que servía de base para las fichas ya enlazadas. Ni siquiera se dio tiempo para tomar unos mates. Tal vez, el polvo que arrastró al bajarlo le haya servido de merienda, o quizá tantos estornudos le hayan sacado el hambre.

Apoyó cuidadosamente las piezas sobre la cama y, limpiandolas de algunas pelusas, fue descubriendo lo poco de la pintura lograda. Buscó la caja con las demás fichas y reintentó vérselas contra esa imagen que todavía no era más que un montón de cuadraditos de cartón con muescas irregulares. En un principio, creyó imposible darle fin a semejante asunto, pero luego encontró un esquema de trabajo que le fue facilitando la tarea.

Pasó horas rodeando el dibujo y al montón de solitarias piezas que esperaban en derredor ser parte del todo. Llegaba a su casa y, a la espera de las anheladas noticias, se ponía a enlazar fichas. Lograba continuidad en sus líneas. Descubría colores y sus evoluciones tonales. Por momentos, no unía cartón, sino que daba contundentes pinceladas guiadas por una inspiración ajena. Desaparecían repentinamente los dolores ocasionados por las incómodas posiciones que practicaba para lograr una mejor visión del cuadro, al tiempo que su mano era reemplazada por otra mano, algo más áspera pero también más ágil, mucho más ágil. Abandonaba su habitación para mudarse a una llanura arbolada, con pocas casas bajas de techos a dos aguas. El cartón de base se volvía un lienzo; y las piezas sueltas, oleos desparramados en una paleta vieja con los que retratar sin límites los ribetes góticos de una iglesia ubicada frente a él.

El ladrido del perro o, como casi siempre, alguna notificación de su celular lo devolvían al dormitorio donde se encontraba errando muescas y apartando fichas a un costado. En cada regreso se tomaba algunos minutos para recuperarse del abatimiento que le producía el repentino cambio de ambientes. Nunca intentó comprender qué era lo que le pasaba, por qué mutaba de escenarios, ni a dónde se trasladaba. Cuando regresaba a su habitación, respondía un mensaje de texto o acariciaba la desprolija cabeza de su perro sin siquiera cuestionarse sobre lo que para él eran simples estados de ensueños.

Los días que le siguieron a la primera vez fueron similares. Regresaba a su casa, se ponía una ropa cómoda y posaba su mirada sobre la imagen que cada vez estaba más concreta. Las líneas y los colores negaban sus pensamientos y él ya no era más que un hombre cualquiera pintando la fachada de una iglesia de algún pueblo lejano y estancado en el tiempo. Durante la primera semana de trabajo, no sintió más sensaciones que la paz de un viento suave, fresco y agradable. Con el correr de los días y el transcurrir de estos extraños episodios, esa paz fue mutando hacia una angustiante corazonada, de esas que premonizan sobre austeros desenlaces.

A medida que la ajena mano concretaba el destino de las oleopiezas, su memoria reconocía cuadros que no había visto nunca. Imágenes que lo invitaban a pasear por las calles del pueblo, a descubrir las irregularidades de sus veredas y a admirar la fachada de sus casas. Pinturas en las que disfrutar de las flores y sus colores, y de los trazos de la llanura influenciada por los estados del cielo. Gracias a esos dibujos, que giraban a su alrededor como si él fuese el eje de todo lo que acontecía, también conoció a su gente, aprendió sobre su fisonomía y de sus movimientos. Cuando el viento calmaba y las imágenes cesaban en su agitación, volvían la iglesia y el lienzo a ser lo único importante por lo que estar allí. Por momentos, buscaba alguna tonalidad extraña del edificio que lo inspirara. De a ratos, descartaba con enojo alguna pieza que nada tenía que ver con el lugar del retrato en donde se encontraba. De a poco, volvía a sentir la densidad de su colchón para notar los avances de una obra que nunca fue suya.

Durante una de esas tardes, en las que el invierno se volvía verano, dispuso a terminar con las pocas fichas que le quedaban. Cobijado por la armonía de su habitación, sintió rechazo al descubrir una estructura amoratada contra un cielo de un simple cobalto puro, el tejado por momentos violeta y en partes anaranjado, y las ventanas de un azul intenso. Al fondo, florecían suntuosas plantas verdes y el reflejo rosa del sol que visibilizaba la tímida expresión de la arena. Súbitamente, sintió la sofocación de un calor ajeno y lo sorprendió no encontrarse pintando en los jardines de la iglesia de Auvers-sur-Oise. Esta vez, paseaba por el campo, caminaba y sudaba en honor al sol que lo escoltaba. El perro no ladró y su teléfono pareció haberse quedado sin batería cuando sonó un disparo y un chorro de rojo bermellón se desparramó sobre su pecho. Volvió al pueblo como pudo y, de regreso a la pensión donde se alojaba, reconoció la iglesia y frente a ella su obra totalmente terminada.

Ya en el cuarto, recostado sobre la vieja cama, sintió las caricias de una suave brisa acompañada de algunos ladridos. También escuchó el tintineo de un teléfono, pero ya no podía responderlo.